Escribe: Agustín Panizo
Lingüista, experto en políticas públicas en materia indígena e intercultural, y surfer.
Pensar en La Herradura es como pensar en un antiguo amor que luego de décadas se está recuperando. Al atender a su espléndida rompiente un día de esos que funciona al límite, es inevitable experimentar la fascinación por la calidad de sus olas, y recordar, si se es lo suficientemente mayor, o imaginar cómo fue esta playa hace cuatro décadas.
Amantes de La Herradura han sido muchos, y no solo tablistas. Ocupará siempre un lugar especial entre ellos el poeta Luis Hernández, que la tenía como tema recurrente: “Los cromáticos yates / Cruzan el mar azul / Azul Prusia / De La Herradura”.
La relación especial entre los tablistas peruanos y esta playa nació a inicios de los años 60, cuando golpeaba las costas de Lima una crecida tan grande que dejó a un puñado de las leyendas de la tabla peruana, Sergio El Gordo Barreda, Joaquín Miró Quezada y Miguel Plaza, con las tablas en el techo sin opciones para surfear en la Costa Verde, al punto que frustrados decidieron irse a comer un cebiche al balneario de La Herradura.
Así lo contaba el Gordo Barreda en 1991: “La ola de La Herradura se descubrió tablísticamente entre los años 63 o 64. En esos años La Herradura era una hermosa playa de arena, y el Club Samoa se encontraba en todo su esplendor (…). Como paseando, nos fuimos al circuito de la Herradura para comer un ceviche. Al llegar allí, nuestra sorpresa fue grande, inimaginable. Vimos una tremenda serie de olas que entraban desde la punta del cerro de la Herradura, que tenían un recorrido como de medio kilómetro, con unos tubos perfectos para la izquierda. Inmediatamente entramos a correr” (Barreda 1991).
No es una ola fácil la ‘Herra’, como la llaman sus visitantes más asiduos, pero entonces lo era mucho menos. Continúa Barreda: “En los comienzos, era una playa súper exclusiva, porque poca gente comenzó a correr allí porque era muy peligrosa, especialmente porque no existía la pita, y una caída podía costarte la tabla, o al menos iba a necesitar una buena reparación. En la década del 70, tuvo su máximo esplendor, ya existía la pita y se comenzó a hacer popular. En esa época reventaba perfecta” (Barreda 1991).
Esa época de oro de La Herradura se quedó también grabada en la memoria de otra leyenda actual del surfing peruano, César Aspíllaga, no por nada merecedor del apelativo Míster Tubo, quien la corrió por primera vez en 1977 a los 12 años de edad, y la recuerda como una ola de temer: «Lo que me parecía más peligroso era cuando se le iba la tabla a alguien por la zona del “point”, y esta quedaba atrapada en una de las cuevas. Era necesario tener mucho coraje para ir a rescatarla nadando, porque en ese lugar no había acceso por tierra y el oleaje llenaba la cueva. Existía el peligro no solo de perder la tabla sino también, que las olas te empotraran contra el fondo de la cueva» (Aspíllaga 1991).
La cueva a que se refiere César es una gran caverna oscura de varios metros de profundidad, con una boca que debería tener entonces unos 15 a 20 metros de altura, a la altura de la segunda sección de la ola. Hoy, la cueva aún inspira temor, pero no por las mismas razones, pues ya no entra en ella el mar con la fuerza de las olas, sino ladrones y otras personas de mal vivir que la toman por refugio y acceden a ella caminando pues entre la cueva y el mar hay como quince metros de lo que queda de la pista que destruyó la playa por un capricho irresponsable, una obra que quedó inconclusa.

La catástrofe de 1983
Han pasado ya 42 años desde aquél fatídico día en que el alcalde chorrillano Pablo Gutiérrez ordenó dinamitar el acantilado del morro solar que da hacia la punta sur de la ensenada de La Herradura, provocando un derrumbe de inmensas porciones del cerro hacia el mar, en una acción que pasó tristemente a la historia como el mayor atentado cometido jamás contra una rompiente peruana de calidad mundial, solo comparable con el daño hecho a Cabo Blanco. “La Herradura ha sido una de las mejores olas del Perú y del mundo, esto solo lo saben los que la corrieron antes de que la destruyan, por nada” dijo César Aspíllaga en una entrevista publicada en 1991.
En efecto, la ola fue destruida por nada, es decir, por una obra que no tenía sentido ni si quiera fue completada, sino abandonada sin más. Un absurdo que, para entenderlo, quizás haya que entrar en la psicología del alcalde que tomó la decisión. Pablo Gutiérrez estaba obsesionado con tumbar el muro del Regatas y recuperar para el pueblo las playas de la punta Chorrillos, en propiedad del club privado. Quizás fue la frustración de no lograrlo la que lo afiebró con el sueño de hacer una ruta por la orilla hacia la playa de La Chira, una hermosa playa de arena, que, sin embargo, era totalmente inutilizable, pues ahí se vertía el colector San Juan, el desagüe más grande de Lima Sur. Quizás la historia de la destrucción de La Herradura es una manifestación más, como tantas otras, de las fracturas de nuestra sociedad.
El Gordo Barreda, por su parte, al referirse a la Herradura post-atentado, dice que “si bien no ha dejado de reventar, ya no es ni la sombra de lo que era antes”. Ni la sombra.

Los surfistas toman acción
Ante la consumación de la destrucción, la comunidad tablista decidió salir de su estupor y realizar esfuerzos para recuperar su amada ola. “Todo empezó por la necesidad de salvar la ola y detener la destrucción que estaba realizando la Municipalidad de Chorrillos en la playa La Herradura”, nos cuenta Carlos Ruiz de Luque ‘Cacatúa’. “El primer campeonato fue organizado por Local Magazine con nuestro apoyo (OYM Brands). En ese momento aún no existía la Ley de Rompientes; simplemente queríamos despertar conciencia en las autoridades y frenar esta destrucción tan nefasta para nuestra querida playa, causada por malas autoridades corruptas. Al primer campeonato invitacional, le siguieron varios más y se convirtió en un verdadero clásico del surf peruano. Continúa Carlos: “Lo organizamos durante varios años, y cada edición fue un éxito rotundo. La playa se llenaba de gente, el ambiente era increíble, y el evento contaba con una excelente cobertura mediática.
Gracias a ello, no solo celebrábamos el surf, sino que también logramos difundir el mensaje de protección de nuestras olas y playas. Fue una herramienta poderosa para despertar conciencia y sumar más voces en defensa del mar”.
Con la promulgación de la Ley de Rompientes y su posterior reglamentación, surgió la necesidad de inscribir la ola en el Registro Nacional de Rompientes, y OYM BRANDS tomó la decisión de destinar los fondos del campeonato a solventar los gastos que implicaba la elaboración del expediente técnico necesario para registrar e inscribir la rompiente. “Sabíamos que era un paso fundamental para proteger esta rompiente emblemática del surf peruano. Este esfuerzo no habría sido posible sin el valioso trabajo de Hazla por tu Ola y el compromiso de nuestros amigos Bruno Monteferri y Carolina Butrich. Gracias a ellos, no solo fue posible avanzar con La Herradura, sino también con la inscripción de muchas otras rompientes a lo largo de nuestra costa”, concluye Ruiz de Luque.
Una playa que lucha por recuperarse
Desde su destrucción, aquellos tablistas que han podido observar y comprender los cambios que ha sufrido La Herradura, han hecho votos por que esta se recupere poco a poco, con una fe en la fuerza reparadora de la naturaleza. “Ojalá tengamos suerte y (…), con el transcurso del tiempo, La Herradura vuelva a ser como era antes”, es el deseo con el que se cierra la entrevista a César Aspíllaga que hemos citado.
Y es que no se puede menospreciar la impresionante fuerza del mar en esta playa. Olas de hasta 4 metros de altura explotan a pocos metros del cerro y recorren el antiguo trazo de la pista inconclusa, carcomiéndola y recuperando la antigua fisonomía de la playa.
Yo también pude observar este proceso y escribí hace 27 años, en 1998, lo siguiente: “La Herradura hace sus esfuerzos por mostrarse: se come la pista que le tiraron encima, así desde abajo, poco a poco, ola tras ola, golpe tras golpe va quitándose de encima lo que le cayó hace quince años”. Seis años después, en su nota aparecida en el primer número de la revista Aqua, Santiago Pillado confirmaba este lento pero claro proceso de recuperación de La Herradura: “La emblemática playa limeña parece ver renacer una de sus principales facultades: esa poderosa y tubular ola, que durante décadas sirvió como fuente de inspiración para tablistas y demás amantes del mar, aparece de nuevo casi con la misma constancia de antaño, dejando de ser exclusividad de las más grandes crecidas, pero si bien el oleaje se está recuperando, la orilla mantiene las malas condiciones que le obligó la ineptitud de quienes han administrado sus costas”.
Los tablistas que han formado una relación duradera con La Herradura, lo pueden confirmar: la recuperación es más que evidente. Pero para entender esto hay que explicar el proceso vivido por la playa. Tras el derrumbe del cerro sobre la rompiente, miles de toneladas de rocas de gran tamaño, de piedras y de tierra formaron una superficie entre el cerro y el mar, por donde iría la alucinada carretera hacia La Chira. El oleaje ha ido erosionando ese talud y ha ido arrastrando las piedras a lo largo de los 700 metros que median entre la punta y la orilla, para depositarlas en la que antes fue una playa de arena y hoy lo es de piedras de canto rodado. Esto, a su vez, ha erosionado la línea costera y ha destruido por secciones el malecón. Sin embargo, la línea costera sigue siendo una ruta de flujo de la arena proveniente de La Chira y las otras playas de arena más al sur.

Arena y arañas de mar
Este verano de 2025 fue bastante particular, y los medios lo anunciaron con ese entusiasmo sobreactuado de la prensa peruana: volvía a la vida una playa histórica. Tras un primer ensayo el año anterior, este verano ya desde noviembre o antes, el alcalde de Chorrillos se propuso retirar varias camionadas de las piedras de la orilla y traer otras cuantas de arena que depositó en su lugar. El resultado: una orilla de arena que atraía la mirada de nostálgicos veraneantes que venían sorprendidos a la playa de su infancia, cuya orilla de arena no habían vuelto a ver desde los 80. Los bañistas entraban caminando sobre una amable arena hacia el mar, y continuaban caminando hasta que perdían piso: una playa completamente de arena. Permanentemente, sin embargo, continuaban su trayecto las piedras que rodaban como pelotas arrastradas hacia la orilla. Y todos los días nuevos cerros de piedras tenían que ser retirados en una tarea sin descanso que convocaba a los que cobraban por el alquiler de sombrillas y sillas en la nueva playa recuperada.
Un día, sin embargo, ocurrió lo inesperado: una marea de cangrejos, o más bien pequeñas arañas de mar amaneció como un manto bullente que se extendía sobre la arena y cubría las escaleras del malecón, en camino hacia la pista. Los medios nuevamente cubrieron la noticia, pero esta vez con titulares apocalípticos. El municipio decidió el cierre de la playa y el alcalde anunció la reubicación de la fauna desplazada por la arena que había cubierto su hábitat. Ocurre que las arañas de mar viven entre las piedras en el espacio intermareal: descienden entre las piedras cuando la marea baja, ascienden entre estas cuando la marea sube, pues allí es que encuentran su alimento. Evitan estar sumergidas y también estar expuestas al sol, que las deshidrata y mata. El retiro de piedras y la arena que cubrió la orilla, las habían dejado atrapadas. Millares de arañas de mar murieron por deshidratación cuando empezó a calentar el sol y las sobrevivientes fueron recogidas en sacos por el personal municipal y arrojadas al mar o trasladadas a la zona norte de Caplina, que seguía siendo de piedras. A los pocos días se olvidó la afectación ecológica y el balneario recuperado continuó su fama estacional.
Cientos de familias chorrillanas venían a disfrutar de la antiguamente célebre Herradura, ahora una playa de arena. Muchos atribuyeron el milagro al alcalde, suponiéndole un poder arenador digno de esos buques que propulsan toneladas de arena del fondo marino hacia las costas en otros países que se toman en serio la recuperación de su litoral. La verdad es que la arena colocada en la orilla solo fue eso: arena de orilla, pero se encontró con la arena del mar, que la propia rompiente y las corrientes arrastran también en un ciclo de arenamiento que cada año es más evidente y que tiene mucho que ver con la recuperación progresiva de la calidad de la ola, que mejora notablemente por la acumulación de arena en el lecho marino.
Tareas pendientes
La ensenada de La Herradura no debería solo volver a ser la rompiente que fue sino que debería volver también a ser la playa más bonita de Lima Metropolitana. Y para eso hay tareas pendientes.
Lo primero es reconocer que el mar hace su trabajo de expulsar el exceso de rocas y piedras de la rompiente, pero que el municipio debe acompañar este proceso completando la tarea y retirando las piedras que se acumulan en la orilla. El ciclo natural de arenamiento de fondo y orilla es un fenómeno regular que empieza a darse cada vez con mayor impacto, sobre todo en los meses de verano, y puede ser complementado con arena artificial todos los veranos para lograr la recuperación turística del balneario. Este arenamiento artificial debería realizarse en toda la bahía, desde el Club Samoa hasta Caplina.
La educación de los visitantes es fundamental: son muchos los que arrojan desperdicios en la orilla, sobre todo los que acuden a las discotecas que se ubican a lo largo del malecón. Las discotecas igualmente deben ser reguladas, pues alcanzan niveles excesivos de contaminación sonora que afecta a los vecinos del único edificio residencial de la ensenada: Las Gaviotas, hoy hogar de tablistas y otros asiduos a vivir a metros del mar.
Finalmente, el malecón debe ser restaurado y mantenido, con una intervención paisajística que incluya áreas verdes.
La Herradura, la joya de Lima, hogar de la mejor ola de Lima Metropolitana, puede volver a ser una playa de ensueño, un destino turístico y lugar de disfrute de la población limeña. Amantes de esta playa los ha habido y habrá. Es un amor por recuperar.
